22 de diciembre de 2010

Patas arriba, alma de tachero

A la vuelta de casa tengo un kiosquero que tiene abierto toda la noche. Es un tipo de unos 60 años que se queda solo y aburrido en el kiosco, y por alguna razón descubrió que me puede dar charla. Y esa charla es de taxista. Quisiera preguntarle si alguna vez fue tachero, estoy seguro de que es su vocación, pero ya casi no le hablo.
Siempre se quejaba de lo mal que anda el país, que cada vez estamos peor, que los valores, que la moral, etc, etc.
Me sorprendió que escuche a Dolina, tal vez por eso le di un poco de bola al principio.
El otro día me mostró que estaba leyendo a Galeano, y así de la nada me leyó en voz alta la introducción del libro "Patas arriba", un párrafo que dice así:

"Hoy en día ya la gente no respeta nada. Antes poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley... La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas."

Y levantó la vista para mirarme como diciendo "¿Ha visto? ¡Qué gran verdad!"

Yo que no había leído el libro, sospeché de la frase, no parecía el pensamiento de Galeano así expresado. Le pedí un segundo el libro para mirarlo.
Esa frase estaba destacada como cita introductoria, y más abajo aclaraba:
"Declaraciones de AL CAPONE en una entrevista de 1931, unos días antes de que marchara preso."

¡Claro! La idea que intenta expresar (o al menos así lo entiendo yo) es lo absurdo de quién lo dice. El corrupto más famoso, el estereotipo de mafioso italoamericano, dando lecciones de moral y ética.

Pero mi amigo el kiosquero no lo ve tan claro. Le expliqué que había que entenderlo en contexto, que cualquier idea expresada siempre debe leerse considerando de quién viene.
No me entendió. Me miró con ojos perdidos en su propia mística porteña y continuó hablando de lo buena que era Evita, que Perón la mandó a matar, y que Kirchner era el mayor corrupto de la historia argentina...

Lo dejé hablando solo y me fui.
Desde esa vez, cada vez que voy a comprarle puchos a la una de la madrugada, le pago con cambio y me escapo rápido.

4 de noviembre de 2010

Pagadiós

Verano del 86, Villa Gesell. Epoca de carpas, fogones, guitarreadas, rock nacional y silvio, porros, clericós berretas.

Habíamos ido de campamento un puñado de amigos y amigas. Una noche Juan y yo decidimos ir a comer pizza a la 3. Fuimos a la pizzería más barata del centro; estaba hasta las manos, a duras penas conseguimos una mesita en la vereda, bastante alejada de la puerta.

El mozo no venía nunca. Después de mucho rato tuvimos nuestra pizza y nuestra birra en la mesa.

La peatonal estaba repleta también, como todas las noches, la mayoría chicos y chicas de nuestra edad (17 por entonces), como sigue siendo hoy, creo.

Terminanos de comer y otra vez llamar al mozo para pagarle. El "garçon" había desaparecido en el tumulto de clientes. Era un morocho petiso y fortachón, con la mala onda propia de quien está laburando como un burro a la noche, mientras la pendejada está de joda; y también, reconozcámoslo, con la misma onda de cualquier típico mozo argentino, no importa dónde ni la cantidad de clientes. Podría decirse que era la pizzería "Los Hijos de Puta" de Capussotto, pero sería un poco exagerado.

Después de esperar y esperar a que vengan a cobrarnos, Juan y yo decidimos que la noche se nos escapaba, las muchachas se alejaban junto con la diversión,  y era hora de tomar una determinación: el pagadiós.

Como estábamos tan alejados del núcleo del local en cuestión, la cosa fue fácil: levantarnos tranquilamente y zambullirnos en la marea de gente de la 3, rumbo a nuevos puertos. Al minuto ya estábamos caminando alegremente en la otra cuadra. Nos metimos en un Sacoa (local de videojuegos que por ese entonces también hacia furor) y al poco rato estábamos cada uno en su maquinita.

Pasaron tal vez diez minutos, quince, no sé. En un momento alguien se le acerca a Juan por detrás y lo llama tocándole el hombro. Yo estaba a un metro tal vez, ensimismado en mi juego, apenas pude advertir la situación: cuando Juan se dio vuelta para ver quién era, recibió como saludo una trompada en la mejilla.

Sí amigos, adivinaron: era el mismísimo maitre del relato, que había aparecido de la nada acompañado de un cocinero de su misma corta estatura pero tal vez el doble de ancho de espalda.

La trompada no fue gran cosa, ha dicho Juan en relatos posteriores, y doy fé porque su cara fue más de sorpresa que de dolor. La misma cara de sorpresa que puse yo.
Ahí mismo se nos increpó el habernos ausentado sin oblar la consumición, balbuceamos alguna disculpa y finalmente pagamos en el mismo acto, sin escribano y sin acta de recibo.

Poco después estábamos nuevamente caminando por la peatonal, cagándonos de risa, pero aún asombrados y preguntándonos cómo carajo nos habían encontrado y tan rápido. Hasta el día de hoy me lo pregunto. Sospecho que todos los muchachitos piolas como nosotros debían seguir un patrón que sólo conocen, por repetición, los que laburan ahí.

También queda otra cuenta por saldar: creo que Juan me lo dijo luego, o fue mi propia conciencia, pero yo debería haber reaccionado más activamente en defensa de mi amigo. Seguramente fue la sorpresa, sumada a la culpa, sumada a mi proverbial costumbre de escaparle a las confrontaciones, no sé.

No fue nada grave, eso lo sé, de hecho más tarde conocimos un par de chicas en esa misma peatonal, pero eso ya es parte de otra anécdota.

Por ahora sólo me resta decir:
Juan, ¿cuánto te debo? Esta cena la invito yo.

30 de octubre de 2010

Por qué fui a la Plaza



Hay una porción (seguramente importante) de la clase media porteña que habla y piensa como los chicos, al menos en materia política. Tener el intelecto de un niño no es exactamente una virtud, ni siquiera una ingenuidad comprensible ni una metáfora de "el niño que todos llevamos dentro" en el sentido lúdico.

A un chico se le acepta que diga estupideces con la mayor soltura e irresponsabilidad porque se le puede explicar, guiar, enseñar, mandarlo a la escuela, o eventualmente hasta darle un chaschás en la cola.
Pero un adulto tiene derechos y obligaciones: puede y debe votar, puede comprar casas, autos, empresas, contratar asalariados, por lo tanto debe respetar las leyes e ir en cana si no las cumple.

Un niño cree que el universo es lo que ve en su casa y a lo sumo en su escuela. La diversidad es algo que se entiende y se aprende caminando hacia la adultez. Un boludo que no te conoce y te dice "¿visssste esta conchuda?" como quien te hace un guiño, presupone que vos ya pensabas lo mismo desde siempre, sin necesidad de aclarar nada, sólo porque vivís en el mismo barrio, trabajás en la misma oficina y usás ropa más o menos parecida (el imbécil no se da cuenta que en la oficina estamos obligados a vestirnos todos iguales).

No me refiero a su ideología o preferencia de voto, lo cual debe ser respetado democráticamente. Me refiero a esa mirada simplificadora que le permite decir abiertamente cosas como "bah, el censo no sirve para nada, está todo arreglado" o, mucho peor, tocar bocina y festejar alegremente la muerte de Kirchner, con la misma pretendida complicidad con la que se lo hace al ganar un mundial de fútbol, donde nadie espera que los demás puedan sentirse ofendidos y responderle con un cascotazo en el parabrisas.

Nadie va al velorio de sus seres queridos (los de ellos) a reírse en la puerta. Escribir burlas en el Facebook de alguien que está expresamente de luto es una ofensa, es violencia lisa y llana; ¿qué esperan? ¿que uno responda: "juajua, tenés razón, era un chorro corrupto, no me había dado cuenta, gracias por avisarme!"?
Tienen derecho a no estar de acuerdo, a ignorarnos y hasta borrarnos de entre sus "amigos" virtuales. pero no vengan a provocar y luego escudarse en la cantinela de la intolerancia. ¿Cuántos de nosotros hemos limpiado a muchos contactos estos días, no?
Lo mínimo que aspiro es a que, antes de abrir la boca, intuyan al menos que puede haber gente que piensa distinto y luego no se sorprendan de que alguien les conteste con mayor o menor vehemencia.
Ya que tuvieron posibilidad de estudiar en buenos colegios, los invito a repasar un poco de historia; muchos de ellos ignoran lo de "viva el cáncer", pero se sienten muy creativos y orginales al festejar esta muerte.
Aún creen que los que están a favor del gobierno viven lejos (el "aluvión zoológico"), y que "nosotros", "la gente", estamos escandalizados por el aumento de la cuota del colegio privado.
Mal que les pese, los dos últimos gobiernos fueron elegidos por voto popular, es decir, por la mayoría de los argentinos, que ellos desconocen dónde está físicamente, porque para ellos "este país" es la Capital, y especialmente algunos barrios más que otros.

Ya es hora de que "descubran" que somos muchos los que estamos en la otra vereda del pensamiento político.

Si no se dieron cuenta hasta ayer, deberían haberlo entendido estos días al ver la Plaza de Mayo por TV.

Creo que, también para eso, fuimos a llenar a la Plaza.







29 de octubre de 2010